Nudos de Cereza

Mirar el color de las cerezas puede llevarte a un encuentro en tercera fase...no debiste decir aquello y lo dijiste y ahora estás tirando piedras desde tu balcón. Por otra parte, hace una buena tarde para preguntarse cual es la otra cereza a la que estás unida irremediablemente....

miércoles 27 de enero de 2010

Atarse los zapatos

Despreocupadamente, abría sin mucho miramiento la lata de callos con garbanzos que suponía el mejor aporte proteico para sus noches pegado a la televisión hipnotizado por la teletienda. Algunas manchas y restos de migas de pan desdibujaban el contorno de su barriga, que no era otra cosa que una evidencia biológica de que provenía del pez globo. Iker Jiménez hablaba con su gesto serio de algo que suele ser tomado a broma. Un señor a su lado, de traje y corbata y recién venido de un entierro, narraba como en Estados Unidos cogían a gente al azar y les hacían una lobotomía. Los lobotomizados seguían después de este suceso haciendo su vida normal, salvo algunos pequeños detalles, como que eran incapaces de atarse los zapatos, nada demasiado relevante. Un día, al mirar el buzón, encontraban un paquete a su nombre, que contenía un bello ejemplar de “El guardián entre el centeno”. Se dice, según las palabras de Iker y el enterrador, que al leer la primera frase, algo se encendía en sus sinapsis y, ni cortos ni perezosos, cogían una escopeta y mataban a una persona. Una persona que las más veces no les había hecho nada, que tal vez ni siquiera conocían, y que ellos mataban sin piedad. Al ser interrogados decían que no sabían qué les había movido a hacer eso, sólo coincidían todos que fue después de leer aquella primera frase de las aventuras de Holden Caulfield.


El enterrador o enterrado, vamos, el compañero de Iker en la tertulia alegaba que así fue como murió Kennedy. Tomás se irguió, limpió los restos de migas con una coreografía anodina de un Michael Jackson venido a menos y se dirigió a la estantería, buscó aquel libro y leyó:


"Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es dónde nací, cómo fue todo ese rollo de mi infancia, qué hacían mis padres antes de tenerme a mí, y demás puñetas estilo David Copperfield, pero no tengo ganas de contarles nada de eso."


No pasó nada. Absolutamente nada. Acto seguido probó a abrocharse y desabrocharse los zapatos. Nada. Todo iba bien. Al menos hubiese esperado un escalofrío en la médula. Pero nada. Ni un puto estímulo que le moviese a mandar toda esa vida asquerosa a la mierda.


Tomás volvió a sentarse. Despreocupadamente, abrió sin mucho miramiento otra lata, ésta de fabada asturiana y, acto seguido, cambió de canal.


Sigue buscando.


Publicado originariamente en Pequeños Retratos de Nadie en Concreto.

2 comentarios:

elmudo dijo...

Este es bueno.

Víctor L. Briones Antón dijo...

Se me había pasado y mira, al revisar mi correo caducado me encuentro con esto.

Muy bueno chaungui, muy bueno.